Entré y todas me miraron. -Fuiste tú. Ese acento español europeo solo lo escucho previo a una joda. -¿Yo qué? -El calzón es tuyo, gritó. Sara sí que sabe cómo llamar la atención. -¿Qué calzón? -El que dejaron botado en el baño. Sara estaba sentada en el centro de dos compañeras, Vanessa y Belén. El cuadro era un aquelarre del siglo XXI. Ya saben, risitas y cuchicheos. No las juzgo, cualquiera reacciona así al conocer que en el baño de mujeres de una de las empresas más reconocidas de la ciudad alguien dejó un calzón olvidado. Lo que siguió durante el resto de la tarde fueron rumores y más rumores. De hecho, sin exagerar, si esquematizamos cada una de las hipótesis que se barajaron paralelas al quehacer laboral, fácilmente saldría un periódico, Sara me inculpó de nuevo. -Ya, no te hagas más, tú has sido. No intenté contradecirla. Sabía que tenía ganas de joderme, pero no en el contexto de joder europeo, sino ecuatoriano; de fregarme, de h...
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