Ceder el voto femenino: La incomprensible “lucha” de la derecha norteamericana
Por Blanca Moncada Pesante, Periodista
Nací en una familia de mujeres que no se dejaron someter. Y hoy, cuando en Estados Unidos hay mujeres organizando cumbres para pedir renunciar a su propio voto, pienso en ellas. Y pienso también en una lojana que, cien años antes, tuvo que pelear ese mismo voto casa por casa, junta electoral por junta electoral.
Mi abuela paterna se llama Blanca. Mi abuela materna, Azucena. Los años sesenta no fueron años fáciles para ser mujer en Ecuador, y ellas lo vivieron en carne propia, cada una a su manera.
Azucena creció en un entorno familiar que decidió convertirla en la sirvienta de su propia casa. Una hija tratada como mano de obra gratuita para un grupo de hermanos y su padrastro. Y en algún momento, dijo basta. Puso límites a su propia familia, algo que en esa época ni siquiera tenía nombre —hoy lo llamaríamos poner límites, entonces era simplemente "una muchacha rebelde"—. Después se casó con mi abuelo, tuvo sus propias batallas dentro del matrimonio, y también supo dónde trazar la línea. Siguen justos, bajo sus reglas.
Blanca se casó con un hombre que, desde el inicio, pretendió someterla por completo. Que ella aguantara infidelidades como si fueran parte del contrato matrimonial no escrito de la época. No aguantó. Se separó. En un tiempo y un lugar donde separarse era casi una herejía. Crió sola a 5 hijos, aunque una murió de pocos años, por leucemia. Para hacerlo posible, tuvo dos trabajos. Terminó la universidad bajo ese régimen y levantó la cabeza. Enseñó a la hija que le sobrevivió a hacer lo propio, y lo mismo hizo con su nieta mayor. Yo.
La lección de Matilde
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| Matilde Hidalgo de Procel, pionera en votar en América del Sur. |
Ninguna de mis dos abuelas leyó a Simone de Beauvoir. Ninguna se llamó a sí misma feminista. Pero las dos hicieron, con las herramientas que tenían, exactamente lo que Matilde Hidalgo, otra mujer ecuatoriana, ya había hecho casi medio siglo antes desde una junta electoral en Loja: Hacer valer su voluntad.
Matilde no se detuvo ahí. Fue también la primera mujer en el país en graduarse de bachiller y, en 1921, la primera en obtener un título universitario como doctora en medicina. Abrió puertas por partida doble: la del aula y la de las urnas.
Cuando pienso en mis abuelas discutiendo, décadas después, con sus propias familias por el derecho a decidir sobre su vida, pienso en que Matilde ya les había dejado un terreno ganado.
No hemos llegado tan lejos como para dormirnos. La paridad de género en las listas electorales ecuatorianas —que hoy exige que la mitad de los candidatos y candidatas sean mujeres, con alternancia en el orden— es un logro reciente. La reforma de 2020 introdujo esa paridad de forma progresiva: 15% de encabezamiento femenino en 2021, 30% en 2023, y recién en 2025 se llegó al 50% obligatorio. Y antes de eso, en 1997 apenas se logró una Ley de Cuotas que obligaba a un 20% de mujeres en las listas, cuota que durante años no se tradujo en escaños reales. Es decir: la paridad que hoy vemos en boletas electorales ecuatorianas es más joven que muchas de las mujeres que hoy la defendemos.
Un retroceso
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Hace unas semanas, cerca de tres mil mujeres se reunieron en Texas en la Women's Leadership Summit, organizada por Turning Point USA. Ahí, algunas de las voces más visibles no defendieron el derecho al voto femenino: lo cuestionaron. Una participante declaró que su esposo y ella son "una sola carne", que vota igual que él, así que no le importaría renunciar a su derecho al voto porque sabe que él la representaría bien. Otra dijo que considera a su esposo el líder del hogar y que no tendría problema en que él votara por toda la familia.
CONTEXTO: ¿Qué es el "voto por hogar"?
En junio de 2026, la Women's Leadership Summit reunió en San Antonio, Texas, a cerca de tres mil asistentes convocadas por Turning Point USA, organización conservadora hoy dirigida por Erika Kirk tras el asesinato de su esposo y fundador, Charlie Kirk. Durante el evento, varias expositoras defendieron abiertamente una propuesta conocida como "voto por hogar": que el sufragio deje de ejercerse de forma individual y pase a representar a la familia como una sola unidad política.
No es un caso aislado. En foros digitales y podcasts ha tomado forma un discurso que hasta hace poco parecía impensable: que el sufragio femenino fue un error, que las mujeres deberían perder el derecho al voto para salvar la civilización. En Estados Unidos existe incluso un movimiento con nombre propio, #Repealthe19th, que aboga por derogar la enmienda constitucional que en 1920 dio a las mujeres estadounidenses el derecho a votar.
Hoy no existe ninguna iniciativa legislativa con respaldo real para lograrlo: el proceso constitucional lo hace, según especialistas, altamente improbable. Pero el riesgo no es solo legislativo, sino cultural. McLuhan tenía razón hace más de sesenta años: el medio es el mensaje. No importa tanto si #Repealthe19th se convierte en ley. El simple hecho de que la idea ya circula, se viraliza y se normaliza en el algoritmo de una adolescente que ve a una influencer con cientos de miles de seguidores diciendo que renunciar al voto es un acto de fe y de amor conyugal es lo que debe encender las alarmas.
Tenemos que reaccionar. Yo llevo en el nombre, porque me llamo como una de ellas, la prueba de que ese sometimiento se puede romper. Por eso esta historia y esta advertencia no es solo mía, ni es solo de allá arriba. Es por todas. Por Matilde, por Azucena, por Blanca, por Jéssica, mi madre, por Bella, mi tía, por Mónica y Alejandra, mis hermanas, por todas las mujeres del mundo. Por todas. A resistir.



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