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El buen vecino

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Chaca, chaca, chaca. Para. Se pone en firme y lleva el brazo a la frente para limpiar el sudor. Luego vuelve a lo suyo. Chaca, chaca, chaca. Es mediodía. El sol pega como solo lo hace en Guayaquil. Aún falta mucho para terminar de cortar el fierro que pretende vender por un par de dólares, para comprar la dosis diaria que necesita. Está sin camiseta. La bermuda apenas le cubre el trasero. Suda. Chaca, chaca, chaca. Ya casi termina. Un vecino lo mira desde la ventana de en frente. ¿En serio no le da vergüenza robar a plena luz del día? Él lo ignora. Hace mucho que el mundo le importa poco. El curioso llamó al patrullero, a escondidas. Aunque el levantamiento de las bases de la futura casa está inconcluso y los fierros lucen oxidados, callar ante este delito no lo dejaría tranquilo. Han pasado cinco minutos. La camioneta de los oficiales llega al lugar al fin. Despacio. El vago no se inmuta, o parece no hacerlo. Chaca, chaca, chaca. La sierra esta vez sonó contra la tierra del t...

El milagro del pantalón invisible

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Pisa el freno con la boca abierta. Ve a tres tipos con armas de fuego al frente de su carril. Amenazan al conductor de una camioneta doble cabina. La avenida Carlos Julio Arosemena luce larga. Hay tráfico. Es de día y el semáforo está en rojo. Tiene las manos en el volante y las pupilas en la escena. Los maleantes no pueden asaltar a su vecino de vía. El vehículo es impenetrable. Solo han pasado unos segundos, pero parecen una eternidad. Baja la mirada para esquivar el contacto visual con los delincuentes y nota sus piernas desnudas. No fue un buen momento para dejar el pantalón en el sastre. O tal vez sí. Es tarde. Lo han visto. Es su presa ahora. Ve las armas en su cara, detrás del vidrio. Piensa en su esposa, en sus hijos... en su pantalón. Ese pedazo de trapo que acaba de dejarle a su costurero para que le arregle un huequito en el bolsillo. Están afuera del auto. -¡Abre!. Acompañan la orden con improperios imposibles de publicar, que usted, lector, por supuesto que imagina. ...