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Mostrando las entradas etiquetadas como familia

La factura

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-Encontré la factura, no lo creo. Escuchó a su madre al teléfono sin saber qué responder. El bolso quedó sobre la mesa la noche anterior. -¿Por qué revisas mis cosas?, le cuestionó enojada. El enfado era el único escudo válido en una situación como esta. -Iba a buscar maquillaje. Ya llamé a tu padre. En la noche hablamos. Cerró. El corazón le rebotó como una pelota de básquet. Vio su vida pasar en un instante. Recordó los sermones, las responsabilidades que le adjudicaron por ser la hermana mayor... Imaginó a su viejo, implacable como siempre. ¿Qué diría a todo esto? Teléfono otra vez. Es su tía, la soltera. -Acabo de salir de tu casa. Quizás no podamos revertir esto, pero al menos pude quitarle la factura a tu mamá. La rompí. Rompí las pruebas. La sangre, congelada hasta ese instante, volvió a correr por sus venas. -Será menos bochornoso ahora, pensó. Balbuceó un gracias para la mujer al otro lado de la línea. Anocheció. Al cruzar el portal, miradas de reproche ...

Alejandra

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Entré a la habitación, di unos pasos y me acerqué a la cuna. La vi. Nació con un afro negro. Tenía los labios rojos intensos. Abrió los ojos cuando me sintió al pie de la camita. Eran unos ojos grandes, profundos e intensamente grises. Ya había tenido dos hermanos antes de ella, pero era muy chica aún cuando ellos nacieron como para poder recordar de forma nítida la primera vez que los vi. En cambio, con Alejandra todo fue distinto. No solo me maravilló su rostro, sino que sentí una conexión inmediata. El año en que vino al mundo, yo cumplí diez vueltas. Era un abril de 1998. Recuerdo que de niña, cuando apenas aprendía a caminar, salía emocionada al portal de la pequeña casa en la que vivíamos y luego lloraba intensamente. -¡Le pican las hormigas! Yo respondía a los gritos de alarma de mi madre yendo al rescate de Alejandra. La sentaba en la mesa de madera que teníamos en el comedor, le sacaba las zapatillas y le sacudía a las intrusas de forma desesperada. Al...

Pillada un 24

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Fui a la cocina. Me escabullí como ratón. Allí estaban mi abuela paterna, mi mamá y mi tía... Era común en ese tiempo que se llene la casa de la abuela para las navidades. El pavo estaba pagando piso sobre el mesón. Recién horneado, con ese olor tan peculiar como irresistible. Yo, que nunca fui flaca, me hallaba frente a lo que un guayaco llama una ‘jama monstruosa’. Me acerqué de pininos. Era enana, andaba por los 7 años. De verdad pasaba desapercibida. Agarré un hueso y me fui de allí. Las damas ni se inmutaron, estaban en el chisme, y cuando una mujer está en el chisme no hay quién la saque del letargo. Partí con hueso en mano a la sala. Uno de mis tíos, el mayor de los hermanos de mi papá, estaba leyendo el periódico, sentado, a manos abiertas. Mordidas van, mordidas vienen, ese hueso quedó peladito. Mi tío seguía en lo suyo, imperturbable. Sin quitarle la mirada de encima, empuñé el hueso y bajé el brazo, lentamente, vigilante de que no note mi intención: poner la s...