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Vendetta

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Cuando la mujer dejó a Tito en Italia, hace seis meses, él se regresó a Ecuador con el corazón roto y el bolsillo vacío. Fueron doce años dedicados a una unión que terminó en engaño. Una mañana, ella se levantó y le dijo: “Ya no te amo. Me enamoré de otro”. No pudo ni reclamar ni defenderse. Ella, con ese gesto, cumplía la promesa que en otrora se hicieron: “Cuando se acabe esto que sentimos, tenemos la obligación de confesarlo”. Ya había Tito notado que algo andaba mal. Su mujer, que es también migrante ecuatoriana, ponía clave en el celular, recibía llamadas secretas y tenía una extraña actitud a la hora de las actividades amatorias. “Diferente”. Así lo resume él. Una mirada nostálgica se escapa cuando suena en la radio de su taxi una canción instrumental que le dedicó. Tito, con tantos años en Italia, habla con ese acento. “Ahora solo tengo dolor; pero no importa, porque la venganza se sirve en plato frío”. ¿Cómo se venga? ¿Cómo...? Si ella está con el otro en Italia. Fácil. Ti...

Otro cachudo al volante

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La cara que ella puso al verlo fue de horror. Acababa de besar a su amante en media calle cuando escuchó que él le pitó desde al frente. Había salido de la casa diciéndole que iba a comprar unos zapatos. Él no se bajó del carro, como ella suponía que lo haría. Solo la miró, alzó su dedo índice señalando al norte y le gritó: En la casa hablamos. Cuando ella llegó, después de una hora, él ya tenía hecha su maleta. La esperaba sentado en la sala de la casa que compartían desde hace 20 años. Lo acompañaban los tres hijos. Los de ella, porque cuando la conoció vino "en combo". De hecho, los varones llevan su apellido, uno de ellos tiene síndrome de Down. "Cuando una mujer pone los cachos, lo hace por dos motivos: por necesidad material o porque simplemente dejo de amar. Pocas son las mujeres que engañan solo porque les gusta el sexo". Lo escucho dolido todavía, aunque me cuenta que eso ya pasó hace un año y medio. Les contó a los niños, que no son tan niños po...

La vieja no puta

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Y entonces la vieja me dijo: "Yo, mamita, para andar con hombres casados mejor estoy sola". Tenía tatuadas las cejas y una voz rasposa que daba fe de su vida bielera. Vestía blusa de tiras, licra negra de algodón y un viejo bolso de mano en el que guardaba maquillaje barato.  La conversación tomó color cuando después de su afirmación moralista se excusó: "pero con él la historia es diferente, yo lo amo, mija linda". Preocupada por las venganzas de la soledad, acudió a una guía telefónica en busca de su amor de infancia. Una investigación básica la llevó con el número convencional, que no dudó en marcar con sus manos retorcidas por la artritis y adornadas con un esmalte rojo chillón en el área de las uñas.  Llamó una, dos, tres veces... nada. A la quinta le contestó una mujer. "Era la mamá de él, yo pensé que ya se había muerto", me contó sacudiendo la mano derecha, como los niños cuando saben que hicieron una travesura. ...

Así son los moteles, dice una virgen

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Una ilustración ilustre de mi ilustre colega y entrañable amigo,  SengVou , el malcriado atrás de la adorada  MATEMANGO.  Si quieren ver más de su arte, síganlo en su perfil  DE FACEBOOK,  en su cuenta de  TWITTER  o en la página del proyecto que lidera, CON ALGUNOS PANAS.   Prólogo "Los moteles tienen su magia, su mística, su propia energía. Cada habitación ha vivido innumerables historias, y cada vibración queda retumbando en el lugar. No es un lugar en donde se siente el amor; por lo contrario, se siente la depravación, la lujuria, la curiosidad por lo prohibido...". Un texto de Roberto Coello, músico fotógrafo y bloguero guayaquileño. Puedes leerlo completo en este link. Antecedentes vívidos Año 2006.  Pagaron cinco latas. Una cajera que anotó en un cuaderno el número de cédula de él les dio indicaciones: Arriba, primer piso, segundo cuarto a la izquierda. La puerta parecía la de la entrada de un curso de colegio fi...

Se las huele

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El negro se las huele. Fue a esperarla afuera del almacen apenas salió de su turno nocturno de bombero. A las ocho en puntito estuvo en el local, porque ella le dijo que hoy entraba a las siete y media. En el fondo, él sabía que eso no iba a pasar. Parado el carro frente a la puerta metálica, puso el freno de mano y las luces de parqueo. Primera llamada. "Estoy en la Metro", le dijo ella. Sin comentarle que estaba afuera con el desayuno, esperó. Nueve. Nueve y media. Segunda llamada. "Qué fue, negrito, hace rato que llegué al local. ¿Usted dónde está?". Él miró el local, cerrado todavía. Un nudo en la garganta le cortó la respuesta. Cerró. Vuelta a la llave y acelerador. En realidad no solo el auto aceleró. También su corazón y sus prejuicios lo hicieron. El negro se las huele. Paró frente a una y tienda y se compró un tabaco. Le envió un mensaje: "Me dijisteS que entraVas a las siete y media... estoy afuera de tu trabajo y no estAs aquI... men...