El sofá violado
La farra había terminado para ella. No daba más. El cansancio se apoderó de sus piernas y escuchaba de lejos a su cama susurrarle al oído un cálido ‘ven’. Miró a Roberto, su amigo, quien adivinó sus intenciones y le respondió tajante: "Ni lo sueñes. Yo recién empiezo. Toma un taxi". Era un bar en la zona rosa de Guayaquil y ella estaba a tres manzanas del departamento que alquilaba con otra amiga. Llamar un auto era una exageración y caminar constituía un peligro. En el grupo de rockeros sin causa estaba aquel muchacho lentudo que le era indiferente. Al ver su preocupación, y aunque estaba bastante llevado de copas, se ofreció a acompañarla. No son amigos, pero se conocen hace ya algún tiempo porque comparten los mismos espacios de entretenimiento a menudo. Sabe cómo se llama y con quiénes tiene trato cercano. Accedió. Ya al pie de la casa, él le pide el baño. "Vamos, no voy a ser tan descortés", pensó. Lo hizo pasar. Esperó que salga y le dijo que aguarde un m...