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Mostrando las entradas etiquetadas como anécdota

El sofá violado

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La farra había terminado para ella. No daba más. El cansancio se apoderó de sus piernas y escuchaba de lejos a su cama susurrarle al oído un cálido ‘ven’. Miró a Roberto, su amigo, quien adivinó sus intenciones y le respondió tajante: "Ni lo sueñes. Yo recién empiezo. Toma un taxi". Era un bar en la zona rosa de Guayaquil y ella estaba a tres manzanas del departamento que alquilaba con otra amiga. Llamar un auto era una exageración y caminar constituía un peligro. En el grupo de rockeros sin causa estaba aquel muchacho lentudo que le era indiferente. Al ver su preocupación, y aunque estaba bastante llevado de copas, se ofreció a acompañarla. No son amigos, pero se conocen hace ya algún tiempo porque comparten los mismos espacios de entretenimiento a menudo. Sabe cómo se llama y con quiénes tiene trato cercano. Accedió. Ya al pie de la casa, él le pide el baño. "Vamos, no voy a ser tan descortés", pensó. Lo hizo pasar. Esperó que salga y le dijo que aguarde un m...

Papá Noel salado

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-Tú pintas caritas, tú animas, tú haces de payaso y tú, gordito, colorado y cachetón, serás el Papá Noel. Nueve de la mañana de un día laboral en una de las tantas empresas de la vía a Daule. El gordo mira al cielo con dificultad. Sol implacable, de ese que te escalda. Le pagarán $ 15 por enfundarse en ese traje horroroso con este calor. Será un suicidio -Cámbiense de ropa allí. El jefe señala los baños de los obreros de la compañía. El gordo se saca el blim blim, el pantalón rapero, la camiseta de basquetbolista y los Adidas, y los deja en una esquinita.  Fueron tres horas de tortura. El sol no dio tregua, los niños tampoco. El traje le pica, siente que se ahoga... solo piensa en quitárselo, cobrar y comprarse una bien helada. Frena a raya frente a los baños. El blim blim, el pantalón rapero, la camiseta de basquetbolista y los Adidas han desaparecido. En su lugar hay solo un harapo viejo. Le han robado y le han dejado una pantaloneta como trueque. Nadie dio razón. Aún recuer...

Vendetta

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Cuando la mujer dejó a Tito en Italia, hace seis meses, él se regresó a Ecuador con el corazón roto y el bolsillo vacío. Fueron doce años dedicados a una unión que terminó en engaño. Una mañana, ella se levantó y le dijo: “Ya no te amo. Me enamoré de otro”. No pudo ni reclamar ni defenderse. Ella, con ese gesto, cumplía la promesa que en otrora se hicieron: “Cuando se acabe esto que sentimos, tenemos la obligación de confesarlo”. Ya había Tito notado que algo andaba mal. Su mujer, que es también migrante ecuatoriana, ponía clave en el celular, recibía llamadas secretas y tenía una extraña actitud a la hora de las actividades amatorias. “Diferente”. Así lo resume él. Una mirada nostálgica se escapa cuando suena en la radio de su taxi una canción instrumental que le dedicó. Tito, con tantos años en Italia, habla con ese acento. “Ahora solo tengo dolor; pero no importa, porque la venganza se sirve en plato frío”. ¿Cómo se venga? ¿Cómo...? Si ella está con el otro en Italia. Fácil. Ti...

Una intrusa en Los Ceibos

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Adelaida llega a su casa en Los Ceibos y encuentra en el portal a una intrusa. La vio merodear por la zona antes, pero nunca imaginó que llegue a estos extremos: echarse, sin vergüenza, en los exteriores de su propiedad. La dueña de la villa pasa del asombro al susto cuando nota que la invasora no se mueve y que, además, tiene la lengua afuera. ¿Estará muerta? Lo que nació como una duda es causa ahora de pavor. Adelaida intenta no entrar en shock y va en busca de ayuda. Halla a un policía mal parqueado a medio camino. Le explica y lo insta a verificar la escena. El uniformado la sigue. Esta vez Adelaida no se acerca. Tiene los ojos abiertos, como una lechuza a la medianoche, y el terror puede olerse en su perfume. El poli llama a refuerzos. Ella teme lo peor. A estas alturas, toda la ciudadela se enteró del hecho. El paco usa su tolete para tener contacto con el cuerpo y verificar su estado. Lo hace como quien mueve carbón encendido en una parrilla, despacio. Espera reacción...

Rayo de Luna

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Un bulto en medio de la carretera los alerta. Es un hombre. Se retuerce todavía. Frenan a raya y se acercan a socorrerlo. Tienen que hacerlo, son paramédicos. Pierna rota, contusiones en todo el cuerpo. Está consciente. -¿Puede oírme, amigo? -Fue Rayo de Luna. Vayan a buscarlo. Rayo de Luna me hizo esto. El líder de los paramédicos mira el cielo. El sol está en su máximo esplendor. ¿Un rayo de luna? ¿Existe eso? Quizás es algún enemigo de este pobre hombre. En el oriente de Ecuador todo puede pasar. -Trate de calmarse. -Háganme caso. Fue Rayo de Luna. Yo sé dónde para. Vamos a verlo. Rayo de Luna es malo. Gritos de dolor acompañan las lamentaciones esta vez. Después de los primeros auxilios, todo es menos tenso. -¿Cómo es el Rayo de Luna?, pregunta el líder. -Es grande, blanco. Vayan a verlo. Esto no puede quedarse así. Rayo de Luna es malo. El ruido de un motor frena el interrogatorio. Es un bus enorme, uno interprovincial. Viene en sentido contrario a l...

Desobediencia angelical

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Salía de mis clases de recuperación previas al supletorio de inglés en primer año de colegio. Que haya suspendido la materia era todo un martirio para mi papá. Acostumbrado a que su bebé   siempre esté entre las mejores, decidió imponerme un castigo que, entre otras medidas militarescas, comprendía la privación de cualquier tipo de distracción. Mi única forma de divertirme en esos días era ir pegada a la ventana del colectivo con una pandilla de vagas igual a mí, mientras iba a las clases extraordinarias y regresaba de ellas. Como vivíamos todas en Durán, a alguien se le ocurrió que debíamos aprovechar e ir al santuario del Divino Niño a rezar por nuestras notas. Por supuesto, para aquello debíamos interrumpir el trayecto del colegio a la casa, lo que representaba una grave falta a mi castigo. ¿Valía la pena? “Diosito, si esto está bien, haz que no pase nada”. Bajé del bus con mi gajo, muerta de risa. Cruzamos, caminamos, llegamos. Me arrodillé, pedí, salí. Me helé. Sí...

Las aventuras del rey del cague

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El Cholo puja. La facilidad que tiene para evacuar su comida en cualquier parte lo sonroja. Cuenta ahora con una cortina hecha de espalda de amigos que lo protege del chofer del bus y del resto de los pasajeros. Su trasero desnudo es florero en la última ventana del lado izquierdo. Su escenario, una carretera desierta a la salida de Durán. Anochece. Su experticia le permitió prever los recursos de limpieza. Ya tiene una media doblada en la mano, se la sacó minutos antes de la bochornosa acción. La pandilla de compadres con la que anda, aunque lo protege, no para de burlarse. Casi acaba. La acrobacia que debe hacer con la prenda que antes le vestía el pie es digna de un acto circense. No será la última. En otra ocasión, El Cholo hará lo suyo en vasos de plástico, en la playa, y en otra, usará de papel la hoja gigante de una planta, a la orilla de una vía. Nadie lo supera en las artes del depósito. Entradas relacionadas: Un post de mierda  

El yerno favorito

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Cuando Carlos entró, vio a todos elegantes y felices. Respira, se dijo. Es la boda de tu ex. Ella te invitó. Estás aquí por la amistad que creció entre ustedes y porque te rogó que vengas. Los asistentes empezaron a reconocerlo. Las miradas lo abrazaban. Eran ojos  llenos de sorpresa, de susto, abiertos de la incredulidad. ¿Fue buena idea venir? Ella lo vio y corrió hacia donde estaba. “Gracias por venir”. Su voz estaba tan clara y vibrante como el primer día. Correspondió el abrazo y se dejó guiar a la mesa que le había asignado. Un veterano alzó la voz al verlo. Borracho hasta turbar su pronunciación. “¡Pero si es Carlos… Mijo lindo, tú fuiste mi yerno favorito. Yo quería que mi princesa se case contigo!”. El recién llegado agachó la cabeza. Todos soltaron una carcajada estruendosa. Todos menos el novio, la novia y el ex. Nadie le pidió que se vaya y tampoco nadie lo detuvo. Carlos no tuvo fiesta ese día, pero hoy sabe que fue el yerno favorito.

Anatomía del terror

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Luis no ha dormido. Pasó la noche estudiando para el examen de Anatomía con el miedo corriendo por las venas. La materia es tan importante como las demás, pero esta tiene a un profesor que irradia respeto. El maestro es implacable y el examen también. No hay un solo susurro en el aula. Luis tiene un problema grave. Se sacrificó tanto que ha quedado vencido en el asiento en el que está dando su examen. Habría pasado desapercibido si no empezaba a manotear a todos lados. El futuro doctor no sólo está dormido. También tiene una pesadilla. Su grado de inconsciencia es tal que no atiende los llamados de sus compañeros. Vive su propia película. Sueña en este momento que el profesor  intenta asesinarlo y disecarlo para analizar su anatomía. Él corre. Corre tan fuerte como le es posible. Pero lo hace en vano. Su verdugo lo alcanza. ¡Luis! Lo llama mientras lo agarra del hombro. Al abrir los ojos, ve de frente al hombre que intentaba quitarle la vida en el sueño. El impa...

Margarita, me pica el vestido

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Margarita Debayle. Nicaragüense nacida en 1900, hija de un doctor experto en rayos equis y nieta de un presidente de su país, pero acá el que importa es el papá, porque si no hubiera sido el médico de cabecera del poeta Rubén Darío, este último no habría escrito para su hija el poema A Margarita Debayle, y yo, casi un siglo después, no habría declamado sus versos frente a un micrófono en el patio de la escuela fiscal en la que hice la primaria, con un peinado sin fijador, un vestido caluroso y un sol que castigaba casi hasta el llanto. Para mi desgracia, la reina de la Iván Gallegos de ese año tenía como nombre nada menos que Margarita, por lo que a la señorita Flora se le ocurrió que Blanquita Moncada, la niña pato poeta, recite para la reina el poema de Rubén Darío, que empezaban así: Margarita está linda la mar,  y el viento,  lleva esencia sutil de azahar...   La señorita Flora no era tan señorita, era más bien señorota, una señora lojana que ...