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Mostrando las entradas etiquetadas como anécdotas

Hello... dejé el show

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Versión original: 1 de diciembre de 2014 Recuerdo una reunión con Gustavo Cortez, editor de El Universo. Entré a su oficina una mañana y la conversación fue bastante corta: -Gustavo, ya estoy apta para escribir. -¿Qué sección tienes en mente? -Me encantaría política o comunidad. -¿Y espectáculo qué tal? -Bueno, el periodismo light me parece entretenido; estaría bien para comenzar... -Eso no es periodismo light. Sigue siendo periodismo... Yo te aviso. Después de unos días, el editor general del periódico más comprado del país llamó a la correctora que había llegado hace dos años y le dijo: "Ve y ponte a las órdenes de Clara Medina, editora de Vida y Estilo (la sección de espectáculos de ese diario)". Era enero del 2011, empecé con notas pequeñas, como todos y, a medida de que crecía profesionalmente con excelentes maestras como mi propia editora o la coordinadora de la sección en ese entonces, Carmen Cortez, fui adquiriendo otras responsabilidade...

Decepción

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Contacto visual. Media sonrisa pintó el rostro de ambos. Hicieron click. -¿Le puedo ayudar?, indagó ella. -Bésame, pensó él. Como adivinando sus más bajos instintos, lo siguió con la mirada por todo el local. Le sugirió algunos productos, que él examinaba atento sin despegarle el ojo de encima. Él vitrineó. Ese coqueteo incesante le entumecía los sentidos. La cohibía, la sonrojaba... Era tan guapo. Tan elegante. No entran clientes así al local muy a menudo. Y menos a este, donde se venden artículos para fiestas infantiles. Lo imaginó diciéndole: “¿Tienes planes para hoy?”. Le respondería que no, que está harta de llegar a alimentar a su gato a diario, que nadie la toca desde hace meses, que la posea, por favor... Sonrió a sus aventuras mentales. Todo era verdad, excepto que sería capaz de contestar tal cosa a una propuesta así. Cobarde. En esas estaba cuando vio que por la espalda del príncipe azul que acaba de inventar apareció una exuberante mujer con escote y perfume...

El milagro del pantalón invisible

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Pisa el freno con la boca abierta. Ve a tres tipos con armas de fuego al frente de su carril. Amenazan al conductor de una camioneta doble cabina. La avenida Carlos Julio Arosemena luce larga. Hay tráfico. Es de día y el semáforo está en rojo. Tiene las manos en el volante y las pupilas en la escena. Los maleantes no pueden asaltar a su vecino de vía. El vehículo es impenetrable. Solo han pasado unos segundos, pero parecen una eternidad. Baja la mirada para esquivar el contacto visual con los delincuentes y nota sus piernas desnudas. No fue un buen momento para dejar el pantalón en el sastre. O tal vez sí. Es tarde. Lo han visto. Es su presa ahora. Ve las armas en su cara, detrás del vidrio. Piensa en su esposa, en sus hijos... en su pantalón. Ese pedazo de trapo que acaba de dejarle a su costurero para que le arregle un huequito en el bolsillo. Están afuera del auto. -¡Abre!. Acompañan la orden con improperios imposibles de publicar, que usted, lector, por supuesto que imagina. ...

La pasajera de Manuel

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Domingo por la noche. Manuel vuelve a casa resignado. No le salió ninguna carrera en el centro y es menos probable que aparezca alguien con ruta hacia Durán ahora. Las calles están vacías. Prende las intensas para divisar bien lo que cree ver. Es una mujer blanca, cabello negro. Lleva un vestido rojo. Corto, muy corto. Tan corto que Manuel cree que no es una pasajera, sino una trabajadora sexual. Atiende su señal de parada. Justo en el semáforo. "Voy al Imperio", le dice. "Lo sabía", piensa él. "Pague cinco no más. Estoy de retirada", le ofrece. La joven se sube atrás sin decir una palabra. Él arranca. Pasa el primer puente, pasa el segundo. La ve de cuando en cuando por el retrovisor. Lleva la cabeza gacha, se revisa las uñas, juega con sus pulseras de colores... Quizás la violaron, quizás la obligaron, quizás lo hace porque le gusta. Manuel se entretiene imaginando los porqués de esta mujer que mira con nostalgia la calle, con la cabeza pegada a la ...

Choros altruistas

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-Pasa el celular. Cuando levantó la mirada vio al malencarado con desdén. Se liberó de un audífono sin inmutarse, solo para asegurarse de que había escuchado bien. El pillo habló otra vez. -Pasa el celular o mi pana que está allá te pega un tiro. Lo miró de pies a cabeza. -Loco, ¿cómo puedes pensar en robarme? ¿No ves que estoy mal? Me peleé con mi mamá, le grité, me fui de la casa... y estoy aquí, sentado, pensando en todo eso mientras tú me amenazas con que te dé mi celular. -¿Y por qué le gritaste a tu mamá? A la mamá no se le grita, oe. Eso es lámpara. Él solo quería desahogarse. Abrió su corazón en ese momento, le confesó que quería morir y le advirtió que si resistirse al robo era una puerta para lograr aquello, no le importaría. -Es más, si quieres, mátame ahorita. El amigo del pillo, que estaba "allá", se acercó a la escena. Ese tipo de robos no suelen durar más de tres minutos. -¿Qué pasa? -Nada -explicó su colega- que el pana se fue de la casa. Está p...

Pillada un 24

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Fui a la cocina. Me escabullí como ratón. Allí estaban mi abuela paterna, mi mamá y mi tía... Era común en ese tiempo que se llene la casa de la abuela para las navidades. El pavo estaba pagando piso sobre el mesón. Recién horneado, con ese olor tan peculiar como irresistible. Yo, que nunca fui flaca, me hallaba frente a lo que un guayaco llama una ‘jama monstruosa’. Me acerqué de pininos. Era enana, andaba por los 7 años. De verdad pasaba desapercibida. Agarré un hueso y me fui de allí. Las damas ni se inmutaron, estaban en el chisme, y cuando una mujer está en el chisme no hay quién la saque del letargo. Partí con hueso en mano a la sala. Uno de mis tíos, el mayor de los hermanos de mi papá, estaba leyendo el periódico, sentado, a manos abiertas. Mordidas van, mordidas vienen, ese hueso quedó peladito. Mi tío seguía en lo suyo, imperturbable. Sin quitarle la mirada de encima, empuñé el hueso y bajé el brazo, lentamente, vigilante de que no note mi intención: poner la s...

El día que propuse sacar la marihuana en la oficina

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"Tranquila, Eli, yo saco la marihuana". El editor nocturno me escuchó con la boca abierta. No es que el tema sea tabú en la Redacción, solo que es poco usual que alguien se refiera a este de forma abierta. La mayoría piensa como una pariente lejana: todos los periodistas son marihuaneros, pero no es algo de lo que se hable a viva voz. Sin embargo, lo mío es diferente. Yo hago Internacionales con Eli y esa sección tiene dos páginas, una para ella, en la penúltima página del primer cuerpo, y una para mí, en la contraportada. México aprobó el consumo lúdico de cannabis para cuatro jóvenes esta semana y Eli iba a poner reacciones sobre el tema en su espacio, pero al notar que no tenía cómo, me pidió de favor que ubique esa nota en mi página. Somos un equipo. Tenía que ayudarla, por eso me ofrecí: "Tranquila, Eli, yo saco la marihuana". Los prejuicios, como la venganza, envenenan el alma, amigos míos. No sean mal pensados.

Otro cachudo al volante

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La cara que ella puso al verlo fue de horror. Acababa de besar a su amante en media calle cuando escuchó que él le pitó desde al frente. Había salido de la casa diciéndole que iba a comprar unos zapatos. Él no se bajó del carro, como ella suponía que lo haría. Solo la miró, alzó su dedo índice señalando al norte y le gritó: En la casa hablamos. Cuando ella llegó, después de una hora, él ya tenía hecha su maleta. La esperaba sentado en la sala de la casa que compartían desde hace 20 años. Lo acompañaban los tres hijos. Los de ella, porque cuando la conoció vino "en combo". De hecho, los varones llevan su apellido, uno de ellos tiene síndrome de Down. "Cuando una mujer pone los cachos, lo hace por dos motivos: por necesidad material o porque simplemente dejo de amar. Pocas son las mujeres que engañan solo porque les gusta el sexo". Lo escucho dolido todavía, aunque me cuenta que eso ya pasó hace un año y medio. Les contó a los niños, que no son tan niños po...

El día en que aprendí a cerrar la trompa

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Ese tirón de oreja no lo olvidaré jamás. Estoy caminando en un parqueadero de mi ciudadela. Acaba de anochecer. Mi abuela está a mi lado izquierdo mirándome con reproche. Su hija, o sea, mi madre, está a mi derecha.  -METIDA. CUANDO LOS MAYORES HABLAN, TIENES QUE CERRAR LA TROMPA, la oigo decir gritar en mi oído.  Mi oreja está roja. El tirón fue tan fuerte que creo que comprometió un poco el tímpano, porque -sin joda- siento un poco de sordera. Mi silencio otorga. Sé que metí la pata y camino con la cabeza gacha.  -SIGUE A LA CASA, suelta con ese tono de histeria que tanto odio. Esta vez me empuja.  ¿Qué clase de madre eres?, pienso mientras la miro con sangre en los ojos.  Tengo diez años y soy -modestia aparte- una de las mejores estudiantes de mi escuela. Ella lo olvida hoy. Está ciega de ira.  Me duele la oreja, maldita sea. Hace solo quince minutos pude evitar este mal momento si me hubiera quedado callada. Repasemos la esce...

Durán no es Guayaquil y El Recreo no es Macondo

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Ilustración de El Recreo, de Durán. Por Wilson Limones , o Sengvou, como se hace llamar. Muchos años después, frente al volante de su taxi, Cristian El Gordito había de recordar aquella tarde remota en que su vecina lo llevó a conocer la desgracia. El Recreo era entonces una zona de invasión en la que familias pobres llevaban sus tereques y ocupaban solares vacíos, que luego serían parte de un plan habitacional popular que comandó el Loco Bucaram en los últimos años de su gobierno. Se acababan los noventa y Cristian entraba a la adultez. DJ y estudiante. Estaba por terminar la secundaria en el colegio nocturno Juan de Dios Martínez Mera cuando la mamá de uno de sus panas, que era militante en el partido de El Loco, lo embarcó en la aventura de tener una casa propia.  El gordo no dudó en aceptar el reto de la invasión. El mayor riesgo fue aguantar moscos, grillos y vallenato a todo volumen. Como era soltero, no tenía problema en ir a hacer guardia a los dos solares d...