Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como mis historias urbanas

Mala Cita

Primeros días de octubre de 2018. Abre el Facebook para ver qué caza. Allí está la chica guapetona que agregó hace unos días, con un mensaje en la bandeja de entrada. “Hay promoción en la Perla. Si eres cumpleañero, dos por uno”. Lee y sonríe. Es un hombre casado, pero nunca se niega a una oportunidad de vacilar. “Vamos”, escribe. Y bloquea el celular de nuevo. Era lo que los guayacos llaman ‘una chola rica’. Simpática de cara y con buen rabo. “Quizás solo una aventura más, pero vale la pena ir”, se dice. Dos días después, llega al café del malecón. Es un hombre casado, insisto, por lo que particularmente tiene mucho cuidado con sus andanzas. Dos mujeres caminan en su dirección y hablan entre risas. Entiende que es sobre él porque lo hacen mientras lo miran. Cuando al fin llegan al pie de la mesa, saluda ella. “Soy yo. Hola. Ella es mi sobrina”. Dicen que con la Internet se terminaron las citas a ciegas. Mienten. Los filtros en las fotos son iguales a un disfraz, y abusar de estos desf...

Las cervezas de la refri

La cerveza de una de las botellas recién fiadas cae en el vaso inclinado que ella sostiene. Sabe servirla como una experta. En un portarretrato de la sala están ella y su marido, el taxista, que lleva varios días ausente después de una de las rutinarias riñas a las que toda la vecindad está acostumbrada. Geovanny, que vive a la vuelta y pasaba por casualidad por aquí solo hace unos minutos, agarra el vaso extendido y se lo manda adentro, como poseído.  Ella no deja que la tercera cerveza servida se acabe. Lo lleva a su habitación y le pide hacerla feliz. Él lo hace. El colchón está puesto sobre una base de las baratas. Geovanny ha caído rendido de amor tres horas después, en boxer. Una puerta suena. Son las cuatro de la mañana. “¡Mi marido!”. Ella agarra la ropa de Geovanny y lo arrastra, sonámbulo aún, al dormitorio de su hija. “Métete debajo de la cama y quédate allí, si está borracho, se va a dormir pronto. Ya vengo”. El gordo taxista entra llorando a la casa, abre la nevera y v...

Testamento

Como 2019, me quedan pocos instantes, y aquí me tienen, pese a mi voluntad y por mera educación, dejando mi despedida, con algo de indignación. A América Latina unida, en la guerra y en la paz, le dejo la luz del 2020, que está a punto de llegar. Ojalá los gobiernos, escuchen las voces de aquí, y se olviden un poquito del gigante FMI. Fui el año del gran paro, que el paquetazo truncó con chantaje.Dejo la Contraloría quemada, pero el mismo precio del pasaje.   No me voy solo, aunque quieran, llevo conmigo a Nebot, que ahora hecho el estridente sueña con ser presidente, aunque no le gusta el páramo y allá no lo quiera la gente.  Dejo a cambio a la colorada, lo mismo pero sin bigote, y no me reclamen nada, o les traigo más garrote. También a otras ciudades las dejo con nuevos alcaldes. Al Yunda, en Quito, creyéndose bacán, y a Dalton en Durán, con el triunfo de regreso. Pobrecitos de ustedes, ¡semejante retroceso! A los de la ATM, un regalo: el Manual de Carreño, para que s...

Vengadora

Han pasado alrededor de diez horas desde que el celular de su marido le llegó a las manos. Tienen  códigos de confianza, pero fue demasiado tiempo en tentación. No pudo. A esta hora, cuando afuera se prendieron ya todos los faroles,  ha cambiado sus contraseñas de redes sociales y correos electrónicos, ha respaldado sus chats de Whatsapp, grabado la pantalla para reproducir conversaciones, tomado capturas y reenviado fotos a su teléfono personal, que ahora está con un técnico, porque se dañó. El marido no sabe nada aún. Se supone que no tiene que preocuparse de nada, que al final de la jornada, su esposa tendrá de nuevo el equipo reparado y su móvil le será devuelto.  La primera alerta llega a un grupo de Whatsapp, donde algunos malandros, amigos, se han convocado para una reunión. Escribe él, que en realidad es ella, etiqueta a una miembro del grupo y se identifica. Soy la esposa y lo sé todo. Los alcahuetes, amigos en común de ambos, que siguieron de cerca las historias...

Egipto

Imagen
La pobreza alrededor de las pirámides de Egipto le recuerda al barrio sureño de La Chala, en su Guayaquil querido. El guía que propuso un show láser le advirtió a él y sus amigos que se recomienda a los turistas no tomar taxi en la calle, que es mejor a través de aplicaciones. Charlie mira el celular. No hay señal. Alguien, en inglés tropezado, advierte que el show de láser no es en este punto en el que los dejó el Uber. Charlie traga saliva.    No hay nada que hacer. El verdadero lugar de destino está tan alejado, que caminar no es una opción. Estira el brazo derecho y para un taxi. El tipo tiene cara de Osama Bin Laden y Charlie recuerda los secuestros express de su ciudad. El conductor no habla ni inglés ni francés. Solo repite un confuso ‘Lalalalalala’ con el que se sobreentiende que las mímicas de Charlie han servido. Ni bien entran al auto, pone el pie en el acelerador hasta el fondo. En el Cairo, los semáforos son sugerencias. Nadie los controla, nadie los r...

La licencia

El flaco está sentado al lado de su padre en el auto. El viejo, de cejas fruncidas y voz de jefe de base militar, reprende con un sermón por las dos ocasiones anteriores en las que hizo este viaje a la prueba de la licencia de conducir. Le dice que ojalá esta vez no olvide que el paso cebra solo se pisa con los pies, que los pares se respetan y canta, con ese tono implacable, una lista de otras muchas obviedades que le enseñan a uno en el curso de conducción.  El flaco dice que sí, que lo promete, que esta vez no va a meter la pata. Llegan.  El primer golpe lo da el hombre que recibe a los aspirantes. “Así no entra”, señala la bermuda. El flaco se desinlfa. Faltan quince minutos para el examen y el padre tiene los ojos rojos de la rabia. El flaco de verdad necesita la licencia. El padre alcanza a ver a un tipo de esos que ganan plata por hacer más fácil el trámite y deja el coraje para después. “Necesito que me alquiles tu pantalón”, le propone, y le estira $ 10. El flaco solo...

Chica misterio

Perú amanece con el Congreso disuelto y Luis Ángel, con su libreta en mano. Es periodista y hoy cubre a los manifestantes que apoyan la decisión del Ejecutivo. Entre pancartas y gritos, ella, afuera de la casa laboral de los legisladores. Luce una cola de caballo, zapatillas y pantalón negro.Es delgada, tiene pulseras, ojos claros y expresivos y usa una cámara como collar; pero no es periodista. Luis Ángel lo sabe; no carga credencial. Él deja de lado su cobertura un momento y se acerca. “Te has manchado de pintura”, señala el pantalón. Ella responde que no importa y sigue en lo suyo.  Dispara en posiciones diferentes ese equipo de principiantes. Analiza ángulos, estudia objetivos y, otra vez, flash. A Luis Ángel le brillan los ojos. “¿Eres periodista?”, lo intenta de nuevo. Ella dice que no, que estudia artes visuales, que hace fotografía por afición y que se llama Daniella. Se rompe el hielo entonces. Hablan de periodismo, de aficiones, de cosas personales... “NO me gusta quedar...

Cuatro

Imagen
No recuerdo casi nada de la noche en que morí un poco. Solo a él.  Su cuerpo. Su sonrisa. Su voz.  La escopolamina me robó el pudor cuando quienes me la pusieron se habían llevado todo lo material. Todo menos a él, que amaneció a mi lado, al día siguiente, igual de drogado que yo. No recuerdo nada, excepto a él, que pasó de lo efímero a lo eterno.  Lo conocí ese mismo día, ¿saben? Era solo alguien más. Pero no. La droga. Él. Nosotros. El hotel.  El susto.  Y luego e l tiempo.  La magia.  La conexión.  La telepatía.  Las almas.  La distancia.  El reencuentro.  Las migajas de la memoria.  Las miradas.  Los besos.  Las canciones. Los besos.  Los besos.  Los besos.  Nosotros.  La luz de un farol. Una ventana.  Una calle.  Él.  Yo. Drexler.  ...  Drexler y una noche de asilo.  Morimos un poco ese día, pa...

La factura

Imagen
-Encontré la factura, no lo creo. Escuchó a su madre al teléfono sin saber qué responder. El bolso quedó sobre la mesa la noche anterior. -¿Por qué revisas mis cosas?, le cuestionó enojada. El enfado era el único escudo válido en una situación como esta. -Iba a buscar maquillaje. Ya llamé a tu padre. En la noche hablamos. Cerró. El corazón le rebotó como una pelota de básquet. Vio su vida pasar en un instante. Recordó los sermones, las responsabilidades que le adjudicaron por ser la hermana mayor... Imaginó a su viejo, implacable como siempre. ¿Qué diría a todo esto? Teléfono otra vez. Es su tía, la soltera. -Acabo de salir de tu casa. Quizás no podamos revertir esto, pero al menos pude quitarle la factura a tu mamá. La rompí. Rompí las pruebas. La sangre, congelada hasta ese instante, volvió a correr por sus venas. -Será menos bochornoso ahora, pensó. Balbuceó un gracias para la mujer al otro lado de la línea. Anocheció. Al cruzar el portal, miradas de reproche ...

El patalsuelo

Imagen
Al fin lo tenía al frente. Era real. Estaba en la sala de su departamento con un helado en la mano. Con esa sonrisa hermosa que antes vio por ‘webcam’. Se conocieron por Facebook. Blanco como la nieve, cabello castaño, ojos cafés... De un sentido del humor soñado. El hombre de su vida, salvo un par de faltas de ortografía que estaba dispuesta a pasar ‘de agache’. Migrante en la ‘Yoni’, soltero, solvente y rockero. ¿Qué más podía pedir? La promesa de volver a Guayaquil en vacaciones hizo más grande la expectativa. Videollamadas fueron y vinieron durante eternas madrugadas. Amaba sus ocurrencias y estaba colgada de ese toque nada empalagoso de romanticismo, que eludía la cursilería, que encantaba y engrupía. Emoción. El corazón latía a mil, sin escuchar si quiera lo que él decía. Imaginaba cómo sonarían los apellidos de sus hijos, qué le prepararía en las mañanas, adónde se irían de luna de miel... Un sueño que se volvió pesadilla cuando, en cámara lenta, lo vio desprenderse d...

El buen vecino

Imagen
Chaca, chaca, chaca. Para. Se pone en firme y lleva el brazo a la frente para limpiar el sudor. Luego vuelve a lo suyo. Chaca, chaca, chaca. Es mediodía. El sol pega como solo lo hace en Guayaquil. Aún falta mucho para terminar de cortar el fierro que pretende vender por un par de dólares, para comprar la dosis diaria que necesita. Está sin camiseta. La bermuda apenas le cubre el trasero. Suda. Chaca, chaca, chaca. Ya casi termina. Un vecino lo mira desde la ventana de en frente. ¿En serio no le da vergüenza robar a plena luz del día? Él lo ignora. Hace mucho que el mundo le importa poco. El curioso llamó al patrullero, a escondidas. Aunque el levantamiento de las bases de la futura casa está inconcluso y los fierros lucen oxidados, callar ante este delito no lo dejaría tranquilo. Han pasado cinco minutos. La camioneta de los oficiales llega al lugar al fin. Despacio. El vago no se inmuta, o parece no hacerlo. Chaca, chaca, chaca. La sierra esta vez sonó contra la tierra del t...

Amor santísimo

Imagen
El pedazo de tabla está sentido. Si no hace ruido, todo saldrá bien. Ha bajado a escondidas por aquí otros días. Esta será la última vez. Antonio la espera del otro lado. Si el piso de la casa no fuera de madera, sería imposible que ella escape. Teme ir preso. Azucena apenas tiene 16 años. Es un Viernes Santo de 1968. No la tocará, lo prometió. No hasta después del domingo. Pecador, pero obediente. Ella está pálida. Recuerda la tarde en que Antonio llegó a casa a pedirle a su mamá que los deje conversar. Apenas salió él la coronaron con una paliza. Saben que esto es una locura. Los papelitos que se enviaban, sin embargo, los hacen creer que son el uno para el otro. Y ese primer beso no los deja dormir. Hecha la huida, el paso obvio era concretar el pacto de amor con un encuentro íntimo; pero no. No la tocará hasta después de Semana Santa, lo prometió. Azu se quedó en casa de una amiga. Él partió a Azogues, por si acaso. Solo le lleva tres años, pero es mejor prevenir cualq...

Borrachito

Lo que sabía de las uniones matrimoniales religiosas lo había visto en las películas, por eso su cara de sorpresa en el Monasterio de Leyre, en España, cuando su tía no besó al esposo frente al sacerdote.  "¡Qué boda más rara!", pensó.  Cuando los invitados se asomaron a la recepción, luego de la misa, él paseaba por allí, en medio de la gente, indiferente. Eso hasta que las vio, abandonadas.  Las copas estaban encima de una mesa, llenas de champán burbujeante y tentador. Miró a los costados. Se acercó lentamente... Ya allí, hizo otra inspección fugaz con el rabillo del ojo. Nada. No había amenaza.  Gluc, gluc, gluc.  Apenas recuerda a qué sabía el trago. No esperó.  Gluc, gluc, gluc.  Se vació la segunda en la garganta, sin vergüenza.  En una cabecita de seis años, dos copas de champán equivalen a dos jabas de cerveza. El chavalito tambaleaba al caminar.  Recordó entonces su indignación inicial ...

Ella baila sola

Imagen
Llegaron en gajo, como lo hacen los amigos en las jaranas legendarias. Nunca había pisado un prostíbulo en su vida. Pasó revista de su entorno. Hombres con la boca abierta, cervezas espumosas recién sacadas del congelador, risas y silbidos. Llegó el show. Dos tubos de acero brillaban sobre la tarima, rodeada de luces psicodélicas. Algunos se aproximaron al escenario. No querían perder detalles. Aplausos. La joven llevó un hilo y un casi imperceptible brasier. Tenía antifaz y una figura envidiable. Movía las caderas, sacudía el cabello, volteaba las piernas diestramente, como marioneta nueva. La saliva de algunos machos mojaba las mesas hasta dejarlas encharcadas. Un mesero limpiaba. Él y su grupo se mantuvieron a un costado. Llegaron allí a conversar. Aunque curioso, algunos hombres tienen esta costumbre. No consumen el producto, solo disfrutan el ambiente. Se distrajo de la charla un momento y la vio. Volvió los ojos a la mesa y -como exorcizado- regresó la mirada hacia e...

Amor salado

Ya están ebrios. De cervezas y de pasión. Ella se para en una roca a bailarle y se desprende del vestido. La Luna ilumina la silueta de sus curvas. Él está absorto. En realidad es hermosa. Se inquieta cuando la ve sumergirse. No puede quedarse atrás. Se desnuda también y la sigue. La escena es un ensueño. Nada a su alrededor como tilapia. Él pisa el fango, tímido. No sabe nadar. Se distrae de las blancas caderas bailantes cuando ve pasar  a su lado tres serpientes negras. Parecen sanguijuelas gigantes. Siente miedo. Pierde el equilibro. Tiembla y se sumerge. Una bocanada de agua y fango lo ahogan. Levanta los brazos, desesperado. La agonía llama a la sobriedad. Se está muriendo. Ella advierte el aprieto. Todavía encuerada, va por él y lo arrastra a la orilla. Lo alienta. Lo besa. Lo lleva a casa y le hace el amor. Se duermen y amanece. La hediondez del departamento lo despierta horas después. La ve tirada en el colchón. Las sábanas están llenas de lodo, ...

El zoológico asesino

Imagen
Medianoche. Conduce su taxi por la entrada del Niño Divino, en Durán. Hay autos parqueados y algunos transeúntes salpicados como zombis hambrientos a lo largo de la avenida. Uno de ellos le hace señal de pare, dos aguardan en la vereda. “¿Cuánto nos cobra de aquí a Tangamandapio?”. (Entiéndase por Tangamandapio un punto lejano de nuestra Costa, adonde solo se entra en burro. Que un taxista acepte una carrera hasta allí es casi imposible). “Cien dólares”, ofreció el conductor, casi sin frenar, a la espera de que el pasajero se niegue. “Perfecto, vamos”. Abrió las puertas. Se subieron. Se quedó estupefacto. “Esto me huele mal”, pensó. Suena el celular del copiloto. “Ya, ‘Perro’, ya voy en el taxi, aguanta”. Cierra y suena otra vez. “’Culebra’, ya me llamó el ‘Perro’. Estoy en camino”. Y otra vez. “’Oso’, anda a la casa del ‘Perro’, que ya llego. Por ahí va ‘Culebra’ también”. Monte y carretera. “Entre por esa choza de caña”. El camino de tierra se extendía hasta el infinito. Su p...

El joven decidido

Imagen
Primer día. Henry se acerca a recepción con su carpeta. Pide hablar con el director. La señorita detrás del mostrador quiere reírse. Lo ve tan joven, tan inexperto. “No puede, está en reunión”, pone el pare con tono malicioso. Es el año 1994. Segundo intento. La puerta del canal siempre está abierta. “Quiero hablar con el director”. Ella ni siquiera levanta la mirada esta vez. “No está”. Henry está cansado de contar billetes en un banco. Sabe que tiene una labia macabra con la que puede comerse el mundo si le da la gana. Confía en él. Solo necesita un empujón. Mira al guardia. “Hermano, hazme un favor, cuando veas llegar al director, me avisas”. Y se pone a un lado de la puerta, como un florero de jardín, en firme. El cuidador solo levanta la ceja. Él está aquí, al fin. Dos pasos al frente y al ataque. “Mi nombre es Henry Carrascal, estudiante de primer año de Periodismo de la Universidad Laica Vicente Rocafuerte. Tengo deseos irrefrenables de empezar a ejercer mi carrera y creo q...

Decepción

Imagen
Contacto visual. Media sonrisa pintó el rostro de ambos. Hicieron click. -¿Le puedo ayudar?, indagó ella. -Bésame, pensó él. Como adivinando sus más bajos instintos, lo siguió con la mirada por todo el local. Le sugirió algunos productos, que él examinaba atento sin despegarle el ojo de encima. Él vitrineó. Ese coqueteo incesante le entumecía los sentidos. La cohibía, la sonrojaba... Era tan guapo. Tan elegante. No entran clientes así al local muy a menudo. Y menos a este, donde se venden artículos para fiestas infantiles. Lo imaginó diciéndole: “¿Tienes planes para hoy?”. Le respondería que no, que está harta de llegar a alimentar a su gato a diario, que nadie la toca desde hace meses, que la posea, por favor... Sonrió a sus aventuras mentales. Todo era verdad, excepto que sería capaz de contestar tal cosa a una propuesta así. Cobarde. En esas estaba cuando vio que por la espalda del príncipe azul que acaba de inventar apareció una exuberante mujer con escote y perfume...

El sofá violado

Imagen
La farra había terminado para ella. No daba más. El cansancio se apoderó de sus piernas y escuchaba de lejos a su cama susurrarle al oído un cálido ‘ven’. Miró a Roberto, su amigo, quien adivinó sus intenciones y le respondió tajante: "Ni lo sueñes. Yo recién empiezo. Toma un taxi". Era un bar en la zona rosa de Guayaquil y ella estaba a tres manzanas del departamento que alquilaba con otra amiga. Llamar un auto era una exageración y caminar constituía un peligro. En el grupo de rockeros sin causa estaba aquel muchacho lentudo que le era indiferente. Al ver su preocupación, y aunque estaba bastante llevado de copas, se ofreció a acompañarla. No son amigos, pero se conocen hace ya algún tiempo porque comparten los mismos espacios de entretenimiento a menudo. Sabe cómo se llama y con quiénes tiene trato cercano. Accedió. Ya al pie de la casa, él le pide el baño. "Vamos, no voy a ser tan descortés", pensó. Lo hizo pasar. Esperó que salga y le dijo que aguarde un m...

Susto y yapa

Imagen
Un día más en la vida de este panzón. Manos al volante, pies en el acelerador y cara de tedio por el solazo matador. Ve a uno que le hace el pare. “Vamos largo”. La 25 de julio es infinita cuando vas al sur. Largo puede ser puerto marítimo, y eso ya es otro mundo. El pasajero estaba nervioso. Miraba hacia atrás a cada instante. “Largo, largo”, repitió. Parecía querer correr dentro del taxi. El gordo se puso mosca. “Amigo, ¿largo adónde?”. “A la playita”. Freno a raya. “Allá no voy”. “Claro que vas”. El arma apuntó debajo de la costilla derecha. Sintió agua en su entrepierna. -Acabo de robar cinco mil dólares en efectivo y los cargo aquí mismo. Tú me quieres dejar botado para que me cojan y eso no te lo voy a permitir. Solo quiero la carrera. Ni el gordo dijo nada ni el pillo pronunció palabra alguna. El silencio es el mejor testigo de los pactos inesperados, fortuitos, escalofriantes. Veinte minutos más tarde, un taxi amarillo se estacionaba en alguna cuadra cerca de la pla...